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  • Leo Nabel

Conocer Nuestra Mente para Dejar ir el Sufrimiento


El día que se murió mi perro lloré como un condenado. Era un hermoso labrador negro que venía arrastrando una enfermedad que lo hacía devolver saliva constantemente.


Recibí el llamado de mi papá cuando estaba en la facultad. ¨Vamos a tener que sacrificarlo. La enfermedad del estómago es irreversible¨ me dijo.


Llegué a mi casa y lo vi agonizando en su cama. Me acosté al lado de él y lo lloré durante horas desde lo profundo de mis tripas, me entregué por completo a la absoluta tristeza.


Ya pasaron varios años de ese evento y todavía lo sigo recordando con un nudo en la garganta.


¿Cómo es que llegué a generar semejante nivel de emocionalidad con una mascota?


¿Cómo es que la muerte de un animal común y corriente dispara en mí un sentimiento tan profundo?


Si se muere una vaca en el campo no siento nada. Que se muera una gallina no me genera emoción. ¿Por qué con mi perro Max es tan diferente?


Creo que todo lo que veo, todo lo que percibo, todo el entorno que me rodea, en su esencia es NEUTRO.


No hay personas buenas y personas malas.

No hay lugares buenos y lugares malos.

No hay empresas buenas y empresas malas.

No hay perro lindo y perro feo.


Todo es una cuestión del significado que yo le doy a las cosas. Lo que yo veo bien, otro puede verlo mal. Lo que yo pienso que es lindo, otro puedo verlo feo.


Mi perro en su esencia era solo un perro, al igual que los otros millones de perros y animales que habitan la tierra. Pero para mi significaba mucho más que eso.


Ese perro llegó a mi vida en una etapa de crisis familiar, y funcionó como un símbolo de unión. Sea cual fuere el motivo de tensión entre algún miembro de mi familia, siempre estaba ese negro peludo dando vueltas alrededor de la mesa que servía como excusa para compartir el amor en común. Funcionaba como ícono de conexión, como liberación de nervios y punto de contacto entre mis papás, mis hermanas y yo.


Ese animal estuvo siempre a mi lado durante toda mi etapa adolescente, y me hacía reflejar mis propios rasgos de amor, incondicionalidad, lealtad, paz. Si tendría que representar en una sola palabra lo que significaba Max para mí diría: FAMILIA. Cuando se murió, junto con su cuerpo se esfumaron todos esos rasgos que para mi lo hacían diferente, único, especial...


Buscar afuera la felicidad nos hace sufrir


Vivir tiene un costado incoherente que me resulta asombroso: la misma intensidad que nos hace amar con locura, nos hace sufrir en el mismo grado. El amor profundo, conlleva sufrimiento profundo. La alegría intensa, conlleva la tristeza intensa.


Como no nos conocemos, buscamos afuera la felicidad. Depositamos nuestro poder, nuestras expectativas, nuestro amor, en entidades ajenas a nosotros mismos. Le damos un pedazo de nuestra estima a nuestra pareja, otro pedazo al trabajo, la empresa, al perro, a papá y mamá, a hijos, abuelos, amigos, proyectos.


Pero cuando esas entidades desaparecen de nuestras vidas sufrimos como la concha de la lora. Lloramos, nos ponemos tristes, nos enojamos, pataleamos, renegamos, culpamos a dios y al destino por hacernos daño.


¿Cuál es el propósito de sufrir tanto cuando algo que amamos no está más, si ya desde el comienzo SABÍAMOS que algún día iba dejar de estar?

¿Será que tenemos que estar locos para decidir amar? ¿O será que esa irracionalidad es lo fantástico de vivir?


Años más tarde en una etapa turbulenta con mi pareja, me propuso adoptar un perrito. De repente me encontraba frente a un tremendo dilema: sabía que traer un nuevo cachorro a mi vida me traería un montón de alegría y de sentimientos positivos, por el otro lado tenía en mi memoria el dolor por la pérdida de Max que me generaba un miedo enorme. ¡Simplemente no quería volver a sufrir!


Me resistí a la decisión durante meses pero en un momento determinado terminé aceptando.


Las ganas de volver a sentir el amor de una mascota eran más fuertes que el dolor que recordaba haber tenido por perder a la anterior. La decisión no era lógica, pero de todas formas la tomé.


¿Será que los momentos que recordamos cuando miramos para atrás nuestra vida son aquellos momentos donde fuimos irracionales?


Panel eléctrico emocional


La realidad es lo que es, y cuando sufrimos no es por las cosas que nos pasan, sino por la interpretación que le damos.


No tenes control sobre la forma en la que va a reaccionar tu jefe, o sobre las decisiones que tome tu pareja, o lo que te diga tu mama, o sobre si la economía va a crecer o no.


La realidad es neutra, objetiva, sin significado, perfecta, pero los pensamientos y el significado que asignamos a esos eventos son solo una historia que nos contamos en nuestra mente. Vemos el mundo de una forma limitada y cuando algo no nos gusta oponemos una resistencia interna que nos hace sufrir.


No podemos elegir las cosas que nos pasan pero podemos elegir como responder. Hay una famosa frase de Buda que dice: "El dolor es obligatorio, el sufrimiento es opcional"

Buda: El dolor es obligatorio, el sufrimiento es opcional

El hecho de entender que todas mis experiencias y todos los eventos que forman parte de mi vida son una cuestión del sentido que yo les doy, es quizás el mayor y más importante descubrimiento de los últimos años.


Y esta es la buena noticia: si yo soy el responsable de darle significado a lo que me pasa, entonces yo tengo la capacidad para cambiarlo. En el sufrimiento está la semilla de la transformación.


No precisamos esperar nada de nadie.


Ni del jefe, ni de mi pareja, ni de mis padres, ni de mis hijos, ni de la situación económica. El control de cómo las cosas de afuera van a impactar en mi vida está en mi manos y no en factores ajenos a mi.


¨Cambia tu forma de ver las cosas, y las cosas cambiarán...¨


¿Cómo hace nuestra mente para decidir lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién pone la vara de lo bueno y lo malo? ¿Por qué una decisión sería correcta o incorrecta?


El termómetro que determina cómo juzgar un evento fue configurado según la forma de ver el mundo de mi familia, de mis amigos, de los diarios, de mi comunidad, del colegio y de la sociedad en la que viví.


Desde pequeño y a través de diferentes mecanismos de enseñanza / adoctrinamiento, todas esas entidades fueron implantando en mí un chip, una caja de creencias, que a cada paso evalúa lo que tengo en frente y dispara una calificación positiva o negativa.


Esa calificación es la que guía mi comportamiento: Las cosas positivas son de las que me aferro, las cosas negativas son las que rechazo. Este proceso se da en automático, a nivel inconsciente y no está ni bien, ni mal. Simplemente así funciona mi mente.


Muchas de las creencias que me fuí implantando en mi mente coinciden con lo que yo quiero para mi vida como hacer deporte, comer saludable, vivir en Buenos Aires, tener una pareja heterosexual.


Pero, ¿Qué pasa cuando las creencias que me fuí implantando en el chip no coinciden con lo que realmente quiero? ¿Que pasa cuándo una creencia default que llevo arraigada desde pequeño entra en conflicto con otra creencia nueva?


¡ECOLECUÁ!


Las emociones son el mecanismo que tiene nuestro ser para manifestar una incoherencia entre lo que hacemos y lo que realmente queremos hacer. Por lo que investigué, ¨emoción¨ viene del latín ¨emotio¨ y significa hacer mover, sacar a uno de su estado habitual.


En mi caso, tenía la creencia que para ser alguien en la vida tenía que tener un título universitario. Empecé a estudiar ni bien salí del secundario y si bien por momentos ir a la facultad me parecía algo valioso, en otros momentos se me hacía realmente pesado.


En el fondo no me gustaba ir a la facultad, sentía que en muchas materias perdía el tiempo. Odiaba tener que dedicar tanto tiempo a aprender cosas que no me interesaban solo por un papelito de mierda.


Poco a poco empecé a creer que no necesitaba un título para tener un buen trabajo o para ganar dinero. Es más, ¡Yo entrevistaba a candidatos para trabajar en mi empresa que ya tenían títulos de grados y posgrados pero que estaban desempleados!


A pesar de esto, seguí yendo a la facultad durante años porque la creencia que tenía implantada era fuerte. En el día a día me sentía horrible: aunque ir a la facultad lo sentía super pesado, al mismo tiempo lo justificaba de mil maneras diciéndome que era importante tener un título, que está bueno tener una visión macro de las cosas, que la experiencia de la facultad es enriquecedora...bla bla bla.


Un día los senté a mis padres y les avisé que iba a dejar la facultad.


Ese día se empezó a romper el chip, ¿Será que vine a este mundo a diseñar mi propio chip?


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