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  • Leo Nabel

EL JARDIN SECRETO [Un viaje de Autoconocimiento por INDIA]


Tengo el culo mojado. Afuera hace como 35 grados y estamos sentados sobre un colchón cubierto por un cubrecamas de lana de esos que te hacen mojar el culo.

Hace un rato terminamos la clase de yoga, almorzamos y nos vinimos con Nico y Hugo a “El Jardín Secreto”.


Es un café que llamaron “Jardín” porque tiene un Jardín, y “Secreto” porque se entra por una escalera al final de un callejón sin salida (está tan oculto que si un amigo no me guiaba hubiera sido imposible encontrarlo). Estuvo cerrado durante cinco días porque un grupo de hippies hizo una fogata en el fondo del jardín durante la noche de luna llena, pero por suerte hoy volvieron a abrirlo.


Este lugar para nosotros es especial porque es el único café que sigue abierto pese a la cuarentena (es medio clandestino), y que funciona como punto de encuentro entre los extranjeros para intercambiar planes de viaje, conocer gente, comentar novedades de la cuarentena, comer, charlar y boludear. La dueña es una austriaca de cuarenta y pico de años que vino a aprender yoga a Rishikesh, se enamoró del pueblo y se quedó a vivir acá. Al tiempo se puso en pareja con un Indio y juntos montaron este bello paraíso.


El lugar transmite buena energía. Tiene una decoración bien minimalista, los colores de las mesas combinan con la trama de las paredes, la vajilla de diseño hace juego con el azucarero, hay libros y macetas estratégicamente ubicadas, y el piso es tan confortable que da ganas de pisarlo. Hay un sector cubierto con mesitas ratonas y colchones (que me hace transpirar el culo), y un exterior enorme lleno de plantas, árboles y espacios para sentarse en el pasto.


Si montaran este café en pleno Palermo Hollywood pasaría desapercibido.


En cuanto a la comida, la especialidad son las tortas y el café (en India es casi imposible encontrar tortas y café), cuando estamos con hambre compartimos la bomba de snickers que es una torta con base de caramelo, galletita, crema y chocolate con el relleno de los Snickers. La contra es que el precio parece de Palermo y no de India. Lo que solemos hacer es comprar algún que otro snack baratito en un kiosko y llevarlo para comer en el Garden acompañado con alguna infusión (bien sudacaaaaaaa)


Hace unos días hicimos una juntada con un grupo de diez argentinos en un sector del jardín. Uno trajo medialunas que consiguió en una german bakery, otro trajo el mate, otro un chai y así. Mi rol era tocar la guitarra.


Media hora después de que arrancamos a cantar se acercó el dueño del café a advertirnos que bajemos el volumen porque no quería que llamemos la atención de la policía. Quince minutos más tarde volvió pero esta vez directamente a prohibirnos hacer música.


No aprendemos más. Los argentinos somos argentinos en argentina o en India.


Para ser justos, estábamos cantando Shakira como si estuviéramos en la popular de la cancha de independiente, pero por mas que queríamos controlar el volumen no había forma de cantar “Y ahora estoy aquí queriendo convertir los campos en ciudad... “ en voz baja. Nos ganó el impulso de soltar la garganta.


Lo positivo fue la sensación de unión cuando el dueño se fue y nos pusimos a criticarlo. Tener un elemento externo común al cual señalar me hizo sentir en casa.


La guitarreada duró el tiempo suficiente para que pueda tocar mi repertorio de jingles.


Empiezo por la de “Canon, eres mi colchón. Cuando en ti descansoo, me siento mejor…” y después sigo por la de Solo Deportes, la de Lifebuoy y la de Marolio. Después viene la seguidilla de canciones infantiles (El Mono Liso, El Reino del Revés y Señora Vaca) y termina con el enganchado de Cumbia vieja / reggaeton (Pibe Cantina, Laura, Despacito, Pibes Chorros).



La primera vez que la gente escucha las publicidades se ríen, la segunda empiezan a pensar que soy un gil. Por suerte en cada guitarreada siempre suele haber gente nueva.


Una mosca se acaba de montar en la pantalla de mi computadora.


¿Por qué será que las moscas son tan molestas? Tienen todo el espacio del mundo para volar pero les gusta pararse en los lugares más incomodos. Una se paró en la punta de mi nariz. No las entiendo. Semanas atrás estaba más fresco y no había moscas, estoy seguro que ahora hay más porque hace calor.


Mientras reflexiono sobre el comportamiento de las moscas, el culo me sigue transpirando sobre la sábana del colchón. Me vienen ganas de bajarme el short y sentarme sobre una cubetera con hielos. Mi sobrino que tiene cinco años podría hacerlo y nadie le diría nada, pero si yo lo hago me llevarían preso (o al manicomio). Quisiera volver a ser nene para tirarme hielo en el culo sin que nadie lo vea mal.


Siendo adulto a veces siento que pasó más tiempo buscando el sentido de la vida o atrapado en algún drama, que divirtiéndome.


Solía creer que estaba destinado a cumplir una gran misión, ahora creo que mi existencia en este planeta no tiene mayor relevancia que la de la vaca que está enfrente mío. Vivir sin tener una gran misión es una gran misión.

Solía creer que estaba destinado a cumplir una gran misión, ahora creo que mi existencia en este planeta no tiene mayor relevancia que la de la vaca que está enfrente mío. Vivir sin tener una gran misión es una gran misión.

Mi paja mental la interrumpe el brazo del mozo dejando mi chai en la mesa. Toco la taza caliente, la vuelvo a soltar y me doy cuenta que debería haber pedido algo frío. Siempre me pasa lo mismo, cuando me acerco al mostrador con la idea de pedir un juguito frio me arrepiento y a último momento me gana el impulso de pedir un chai.


Lo mejor de venir acá con Hugo y con Nico es que respetan el silencio. Por lo general hablamos todos los días de las mismas giladas: minas, comida, planes de viaje, espiritualidad, historias de vida. Pero cuando no hay nada para decir hay un bello silencio. Estamos cómodos simplemente estando. A veces me encuentro con personas que buscan rellenar el silencio con palabras, y cuando me despido me siento sin energía.


Creo que hablar esta sobrevalorado y que apreciar el silencio es símbolo de madurez.


Como la mesa de al lado está ocupada por cuatro personas, se nos acaba de sentar un tipo al lado de Nico. Es occidental, tiene un pantalón amplio todo naranja, el torso descubierto, tres collares de piedras y pelo largo recogido para atrás estilo Nalbandian.


Toda su forma de vestirse dice “Soy super mega archi espiritual”. Apenas se sentó, extendió un mazo de cartas en la mesa y se puso a jugar al solitario. Cuando se sintió con un poco más de confianza nos preguntó de dónde éramos y luego de que respondimos se puso a charlar sobre el. Se llama “Drazzo”, hizo un pitch de 5 minutos contándonos que se dedica a sanar gente (es un “Healer”), que es canadiense pero que vive en Rishikesh dentro de una comunidad auto-sustentada y que su técnica para sanar es mezclar “Un poco de todo”.


Nos dio su cuenta de Instagram para que lo sigamos y como vio que no nos interesaba saber más sobre su vida, se volvió a concentrar en el solitario. Un rato antes de irse nos dijo que en caso que queramos para tomar una sesión con el esta cobrando 1.000 rupias como contribución. Me hubiera gustado responderle que yo le cobro 2.000 para mejorar su técnica de venta.


Mientras vamos caminando de vuelta al ashram pienso que necesito una siestita antes de la clase de yoga de las cinco de la tarde. Estas ultimas semanas me acostumbre a dormir siestas de veinte minutos que me dejan renovado. Antes dormía como una hora y me despertaba abombado.


Cuando entramos en la escuela escuchamos gritos, movimientos y golpes. Un mono se metió en la cocina y se puso a comer la reserva de garbanzos, lentejas y porotos que usan para preparar nuestra comida.


Cuando el cocinero vio al mono parado en la mesada agarro un palo de acero, lo echo y le cerro la puerta de la cocina para que no pueda volver a entrar. Al mono no le cabió una, se colgó de una maceta, destruyo la planta y dejo una caca en el medio de la escalera (si, se puso a cagar en la escalera). Antes de irse subió a la sala de yoga, se metió por la ventana y destrozo un yoga mat de goma que había en el piso.


Los animales en India se están cagando de hambre. En épocas normales abunda la comida porque se morfan las sobras de los puestos de comida, pero ahora que esta todo cerrado no tienen que mierda comer. Hay algunas ONGs que se encargan de alimentar a las vacas y a los perros, pero no alcanza y los mugidos se volvieron parte del sonido ambiente.


Ahora si entro en mi habitación tarareando la canción de Shakira. Prendo el ventilador, me saco las zapatillas, la remera y reviso Instagram. Nada nuevo, la gente sigue estando feliz. Ya se lo que voy a hacer! Voy al baño, lleno un balde con agua fría, me bajo el short y hundo la cola en el agua.


Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa


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